Premios Nobel

La voz de un poeta

pablo neruda poeta

En un rápido recorrido por ciertos momentos de la historia de Neruda, este artículo intenta dar cuenta de su mundo poético y político a partir de la relación estrecha que podría leerse en la intimidad del poeta con el compromiso y la solidaridad humana.

 

No pretendo hablar del personaje real e histórico, del que Pablo Nerudaefectivamente existió. Sólo lo vi de lejos dos veces en mi vida: una en la Universidad Católica cuando la reforma universitaria le abrió las puertas, y otra en el Estadio Nacional cuando regresaba de recibir el Premio Nobel. Hablaré del escritor, del poeta, con el que empecé a dialogar siendo muy joven y cuyas palabras hasta hoy resuenan con vigor.

Sigo el consejo con que la editorial Catalonia promociona el último libro de Volodia Teitelboim sobre el vate: “Cada cual elige su Neruda. Dime cuál prefieres y te diré quién eres”. No se trata de escurrirse por los senderos de lo arbitrario y artificial, sino de dar cuenta del  mundo poético y político de uno de los más grandes escritores del siglo XX.

Tres motivaciones profundas advierto en la poesía de Neruda: el amor, la lucha contra la nostalgia y la soledad —es decir, el sentido íntimo de la vida de cada cual—, y la solidaridad humana. Esta última es la que nos pone en contacto más directo con la política, aunque ella está siempre en el hálito de su palabra y en el contexto de su escritura, aunque  Neruda hable de la mujer amada, de los pájaros, de la tristeza, del mar o la cebolla.

Al recibir el Premio Nobel, Neruda afirmó: “Pienso que la poesía es una acción pasajera o solemne en que entran por parejas medidas la soledad y la solidaridad, el sentimiento y la acción, la intimidad de uno mismo, la intimidad del hombre y la secreta revelación de la naturaleza. Y pienso con no menor fe que todo está sostenido —el hombre y su sombra, el hombre y su actitud, el hombre y su poesía— en una comunidad cada vez más extensa, en un ejercicio que integrará para siempre en nosotros la realidad y los sueños”. Y más adelante  continúa: “…el poeta debe aprender de los demás hombres. No hay soledad inexpugnable. Todos los caminos llevan al mismo punto: a la comunicación de lo que somos”. El poeta, entonces, “tomará parte en el sudor, en el pan, en el vino, en el sueño de la humanidad entera”.

Su compromiso —explica el propio Neruda— nace del desafío americano:  tener una comunicación crítica haciéndose eco de las heridas del pasado, para poblar un mundo deshabitado y lleno de injusticias; cada uno de sus poemas quiso ser un signo de reunión en estas latitudes.  De aquí surge su compromiso político, incluso partidario, para poder agregar su voz “a la extensa fuerza del pueblo organizado… porque sólo de esa henchida torrentera pueden nacer los cambios necesarios para llegar a la “espléndida ciudad” anhelada por artistas, profetas y  políticos.

Resuena en Neruda la palabra de Walt Withman que, como dice Harold Bloom, “enseñó a ver y a nombrar lo que no había sido visto o nombrado anteriormente”.

Fue Neruda en su poesía un hombre de trinchera, un intelectual orgánico del moderno Príncipe colectivo, pero siempre libre en su arte, como Louis Aragon o Rafael Alberti. Es un tipo de poeta difícil de repetir en este contradictorio siglo XXI, cuando el comunismo ya no existe como esperanza aunque las causas de su empeño sigan aun vigentes, este siglo más de preguntas desconcertantes que de respuestas categóricas.

Lo que sí Neruda nos sigue diciendo es que vale la pena plantearse esas interrogantes y buscar, más allá de los errores, derrotas y fracasos, el hilo de Ariadna que pueda entregarnos la clave del laberinto que es nuestra vida.

Algunas pinceladas sobre el itinerario de su peregrinar.

pablo neruda

Imprecación juvenil

Primero estuvo, en los años de Crepusculario, la ilusión del joven en la capacidad transformadora de la palabra y la desolación frente a la resistencia de la realidad. Son años de rebeldía solitaria, de ideas que el propio poeta luego calificará de anarquistas, motivadas por el descubrimiento de la inequidad: “Toqué de pronto toda la injusticia./ El hambre no era sólo hambre,/ sino la medida del hombre… Fui descubriendo/ la ley de la desdicha,/ el trono de oro sangriento,/ la libertad celestina,/ la patria sin abrigo,/ el corazón herido y fatigado,/  y un rumor de muertos sin lágrimas,/ secos, como piedras que caen” (Memorial, Tomo I. “La injusticia”). Ante el dolor, Neruda se pregunta: “Pero, por qué? Y entonces yo era/ delgado como filo y más oscuro/ que un pez de aguas nocturnas, y no pude,/ no pude más, de un golpe quise cambiar la tierra. Me pareció morder de pronto la hierba más/ amarga, compartir un silencio manchado por el crimen” (Id. “Los abandonados”).

A su imprecación juvenil no respondió nadie, ni siquiera lo supieron los abandonados. Siempre mantuvo —sostiene— una desconfianza hacia la política impura y hacia el accionar del Estado, aunque de lleno se sumergió en aquélla y desempeñó significativos cargos públicos.

Lamento combatiente

La madurez de su conciencia política no vendría sino después con la Guerra Civil en España, su secuela de tragedia y la muerte o dispersión de sus amigos poetas, esa generación hasta ahora inigualada de García Lorca, Hernández, Machado, Guillén, León Felipe, Alberti, Aleixandre y tantos otros. Neruda confiesa: “A mi patria llegué con otros ojos / que la guerra me puso / debajo de los míos./ Otros ojos quemados/ en la hoguera,/ salpicados/ por llanto mío y sangre de los otros. (Memorial, Tomo III “Tal vez cambié desde entonces”). Esos ojos le permitieron  descubrir a los pueblos sufrientes de América.

Fue también en Madrid el encuentro con Delia del Carril y su compromiso.

Surgía el fascismo amenazante en Europa y América se llenaba de tiranos, como Trujillo, Somoza y  otros semejantes. Neruda trabaja en el Frente Popular,  y  comienza su poesía épica que tendrá en el Canto General su máxima expresión. Se dedica a la solidaridad con la República Española y recorre el continente. Alturas de Machu Picchu aparece como el lamento combatiente frente a la muerte colectiva causada por el opresor.

Neruda en el Senado

En 1945 es elegido senador por el norte e ingresa al Partido Comunista. El poeta sintió que había abrazado una causa universal en la que encontraba mil hermanos anónimos en todas las latitudes. El comunismo había sido el principal ariete contra el fascismo. Así se entienden su “Canto de amor a Stalingrado” e incluso al propio Stalin, quien había sido uno de los artífices de la victoria contra Hitler.

He leído en estos días sus intervenciones en el Senado. Impresionan por su elocuencia y argumentación. En su primer discurso sostiene que se siente representando a los escritores, “una actividad que pocas veces llega a influenciar las actividades legislativas”, escritores “que han vivido y viven vidas difíciles y obscuras a pesar de sus esclarecidas condiciones y brillantes facultades, por el sólo hecho de su desorganizada oposición al injusto desorden del capitalismo”. Y en Chile, salvo Baldomero Lillo y Carlos Pezoa Véliz —sostiene Neruda—, han oscilado entre  “una actitud de resignada miseria o de indisciplinada rebeldía”.

Neruda en el Senado habla de la miseria de los mineros y los campesinos, de los atrasos de una sociedad todavía con resabios feudales; denuncia las dictaduras en muchos países de América Latina y celebra los triunfos democráticos; aboga por la igualdad de la mujer, defiende las libertades y enaltece a los escritores, entre ellos a Gabriela Mistral que obtiene en esos años el Premio Nobel de Literatura. Es un vocero activo del Partido Comunista, pero sin sectarismo ni fanatismo al polemizar. Como buen comunista adhiere al marxismo y defiende a la URSS. Vive en plena Guerra Fría y pronto deberá alzar su voz para alertar a todos del viraje político del gobierno de Gabriel González Videla y la consiguiente persecución a los comunistas y su relegación en Pisagua, hasta su propio exilio.

Fueron muchos los intelectuales que no vieron, hasta 1956, la secuela de los crímenes de Stalin y los límites y fragilidades del llamado entonces socialismo real. Neruda escribirá después: era el “gran dolor de una victoria muerta en cada corazón!…Qué pasó? Qué pasó? Cómo pasó? Cómo pudo pasar? Pero lo cierto/      es que pasó y lo claro es que pasó” (Memorial, Tomo V “Por fin no hay nadie”). Nosotros callábamos, dice Neruda y “era pesado el saco del silencio/ Y aún costaba sangre levantarlo:/ eran tantas las piedras del pasado” (id.). Los comunistas se desangraron “cuando la estrella fue tergiversada/ por la luna sombría del eclipse” (id).
Pese a  ese abatimiento Neruda confía en la rectificación y el cambio.

La muerte de un albatros

Vendrá luego el entusiasmo ante la Revolución Cubana, “La Canción de Gesta” y la posibilidad de la transformación de América, aunque pronto sus relaciones con los cubanos se enturbiaron. Y en “Fin de Mundo” (1969) Neruda se lamenta de no ver sus esperanzas realizadas. Llega a afirmar: “la verdad es que no hay verdad”.

Podemos de ahí colegir que Neruda no esperaba el triunfo de Salvador Allende en 1970. Fue como un huracán y  nuevamente se reanimó la esperanza. Escribe uno de sus libros en que más se acerca al panfleto y a la agitación política: Elogio de la revolución chilena e incitación al Nixonicidio. Resurge el poeta epígono consciente de una misión mesiánica en Geografía infructuosa de 1971.

Como bien señala Armando Uribe, no porque haya política en la poesía de Neruda la vamos a tildar de demagogia, diatriba o panfleto. En su vasta obra hay buenos versos y otros menos logrados; los hay en su poesía lírica como en la épica y aun en la denuncia estrictamente política. Así sucede, por ejemplo, en el Canto General. El problema no es la política, sino la calidad del poema.

Sus célebres disputas literarias con Huidobro, de Rocka, Parra, Borges, y sus desencuentros con otros, como Vallejos, tuvieron causas más bien literarias, aunque siempre estuvo presente la opción política de Neruda.

Pese a encontrarse en Francia como embajador o tal vez por eso mismo,  se da cuenta de los peligros que asechan las ilusiones renacidas. Y en el Pen Club en New York, en 1972, junto con reconocer su deuda con Walt Whithman, quien lo impactó desde los 15 años, a quien  confiesa deberle más que a Cervantes, advierte a los EE.UU. y su gobierno que si ahogan la revolución chilena les puede ocurrir lo que sucedió al navegante que por matar a un albatros — figura de Chile— “fue condenado a llevar por la eternidad colgando a su cuello el pesado cadáver” del pájaro.

La premonición se consumó y el fin de la democracia en Chile coincidió a poco andar  con su propia muerte. Pero el castigo anunciado se ha realizado y son muchos los que andan por la tierra con el cuerpo del albatros en descomposición y no pueden sacárselo de encima.

El Premio Nobel junto con ser un merecido reconocimiento que la política de la guerra fría se había encargado de retardar, fue interpretado como un respaldo al proceso de cambio en Chile. Pero el peso de la cultura y las ideas no fue suficiente  frente a la crisis interna y la intervención estadounidense.

Podemos ser justos

Paso el tiempo y la vida continuó. Vinieron nuevas esperanzas. Se aceleró la historia, cayeron los muros y terminó el apartheid. La poesía endilgó por otros rumbos. Como dice Eric Hobsbawm, “el siglo XX terminó con problemas para los cuales nadie tenía una solución. Cuando los ciudadanos de fin de siglo emprendieron su camino hacia el tercer milenio a través de la niebla que les rodeaba, lo único que sabían con certeza era que un periodo de la historia llegaba a su fin”.
¿Intuyó Neruda ese cambio de época? Imposible responder categóricamente. Pero si leemos hoy sus últimos escritos, veremos que su poesía está cargada de preguntas, de campana en el mar de Isla Negra. Y pide perdón si por sus ojos no llegó “más claridad que la espuma marina: monótono es mi canto,/ mi palabra es un pájaro sombrío,/ fauna y de piedra y mar, el desconsuelo/ de un planeta invernal… así es mi soledad:/ bruscos saltos de sal contra los muros/ de mi secreto ser, de tal manera/ que yo soy una parte/ del invierno”. Era el final junto al mar.

Concluyo con unos versos premonitorios, escritos muchos años antes, porque la poesía no se ha hecho para la fuga sino para la interpelación:

“Tal vez tenemos tiempo aun
para ser y para ser justos.
De una manera transitoria
Ayer se murió la verdad
Y aunque lo sabe todo el mundo
Todo el mundo lo disimula:
Ninguno le ha mandado flores:
Ya se murió y no llora nacida.

  Tal vez entre olvido y apuro
Un poco antes del entierro
Tendremos la oportunidad
De nuestra muerte y nuestra vida
Para salir….
A preguntar si la matamos
O si la mataron otros,
Si fueron nuestros enemigos
O nuestro amor cometió el crimen
Porque ya murió la verdad
Y ahora podemos ser justos”

Efectivamente, en la nueva época, pasado el umbral del siglo XX donde murieron tantas verdades, pero donde al mismo tiempo fue tan decisivo el avance, a Chile y a todos Neruda nos dice que podemos ser justos o al menos intentarlo nuevamente. El poeta pide “piedad para estos siglos y sus sobrevivientes alegres o maltrechos” (2000) y exhorta a reconocer “que los vegetales, cuando no fueron quemados,/ siguieron  floreciendo y repartiendo/ y continuaron su trabajo verde” (id).
Es la voz de un hombre que ha entrado al canon universal.

J.A.Viera-Gallo

Fuente: Mensaje

 

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