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Bendita mi lengua sea -Sectetos del diario intimo de Gabriela Mistral

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En “Bendita mi lengua sea”, su diario íntimo, la poetisa no se calla nada. Habla de los rumores sobre su lesbianismo y se muestra lejana a esa maestra ideal de otras biografías. Es obsesiva, celosa, hipocondriaca, lúcida, vanguardista. Ofrecemos un adelanto exclusivo de este libro que aparecerá la primera semana de agosto.

Vagabunda voluntaria o poetisa errante. Como quieran. Siempre en permanente huida. O búsqueda. De Chile a México, de México a Madrid, de Madrid a Lisboa, de Lisboa a Petrópolis. Luego vuelve al norte de América, pero esta vez a la templada California. Como anhelando un clima más amable, que cuidara de ese corazón que siempre buscó el calor. Pero duró poco en Estados Unidos. Volvió a su querido México -Veracruz- y de ahí a Nápoles y Long Island, donde falleció en 1957, tras 68 años de vagabundeo voluntario en los que, por sobre todo, Gabriela Mistral escribió.
Escribió con fuerza, pasión, sensibilidad y dolor. Cinco libros de poesía y una enorme cantidad de notas, reflexiones, pensamientos y sentimientos íntimos. De esos que a veces no confiaba a nadie y que registraba en unos cuadernos personales que, a principios de agosto, saldrán a la luz pública bajo el título de Bendita mi lengua sea. Según Jaime Quezada, director ejecutivo de la Fundación Gabriela Mistral, estudioso de su obra y compilador del material, estos cuadernos forman un diario íntimo que incluye textos escritos desde los 15 años hasta meses antes de morir. “Pensé escribir una biografía, un libro testimonial o de documentos, pero después dije: para qué, si ella misma está aquí escribiendo su vida”, dice Quezada, quien también es especialista en Neruda y fue el encargado de compilar la Poesía Reunida de Ernesto Cardenal, que se lanza la próxima semana.

Antes de morir, la poetisa dejó instrucción explícita de que estos cuadernos sólo podrían leerse tras su muerte: “Entonces sabrán los míos -de allá adentro- muchas cosas, y entenderán mi ausencia del país”, escribió la autora de Desolación y Tala, entre otros. Sus razones tenía. Tantas, que desde que partió a México, en 1922, volvió sólo un par de veces… y de visita. En su diario habla de sus pasiones -la América indígena, sus plantas y libros, los deseos de justicia-, pero también del doloroso Chile arribista, de la mediocridad de los políticos, del afán de poder de los militares, del chismorreo cotidiano, de los profesores (nunca la quisieron por ejercer sin título), de los escritores (Huidobro y D’Halmar hablaban pestes de ella), y de las ofensas que le llegaron cuando ganó el Nobel. Como escribe en su Cuaderno de California: “Quiero morirme en paz en este destierro que parece enteramente voluntario, pero que no lo es”.

En Bendita mi lengua sea, la Nobel de Literatura 1945 se muestra individualista en extremo, con achaques de salud, muy preocupada del dinero y profundamente molesta por las calumnias provenientes de su país. Así, está lejos de ser esa maestra idealizada o esa mujer casi mística reflejada en otras biografías, como La divina Gabriela, de Virgilio Figueroa; La santa Gabriela Mistral, del ecuatoriano Benjamín Carrión; o Gabriela Mistral: Pública y Secreta, de Volodia Teitelboim.

gabriela mistral

Ese incómodo lesbianismo

También hay referencias al tema que más polémica ha desatado en el último tiempo: su identidad sexual. Si bien los rumores de que la Mistral era lesbiana vienen de la década del ’30, ahora la discusión volvió al tapete desde que el artista visual Francisco Casas anunció que está preparando en México una película sobre la poetisa, titulada La Pasajera. Allí da por hecho que la Mistral era homosexual. Casas, ex integrante del colectivo Las Yeguas del Apocalipsis, se basa en una investigación de Licia Fiol-Matta, académica del Barnard College de la Universidad de Columbia, que será editada en Chile a fin de año. En algún momento se dijo que el título original A Queer Mother for the Nation: The State and Gabriela Mistral sería traducido como Una Madre Homosexual para la Nación: El Estado y Gabriela Mistral. Sin embargo, la propia autora señala a Qué Pasa que aún no ha resuelto ese punto: “Me interesa Gabriela Mistral porque es una de las grandes figuras culturales, literarias y políticas del siglo veinte. Me interesa su papel en cuanto al discurso femenino y al educativo. Mi libro abre el asunto de la sexualidad, pero no es mi intención “probar” una sexualidad”.
Quezada destaca que, en su diario, la Mistral hace referencia a estos rumores (ver adelanto) y que hasta ahora éste es el material más fiel de que se dispone: “Es cierto que podemos interpretar un poema o una carta, pero creo que eso sería especulativo. Pienso que de algún modo la situación se habría hecho evidente. Por otro lado, es muy característico de nuestro país que a una mujer sola y rodeada de mujeres le colgaran el cartelito de lesbiana, que a ella la amarga, la quema como un cauterio”. Además, en este diario se hace explícito el amor de la poetisa por Manuel Magallanes Moure, aunque fue platónico: se escribieron mucho, pero se vieron sólo una vez.

En todo caso, llama la atención que ella dosifique tanto la tinta de su pluma cuando se trata de develar las emociones. De sus secretarias, por ejemplo, con quienes compartía su vida -necesitaba ayuda para todas las labores domésticas-, hay pocas referencias, salvo a Palma Guillén, Doris Dana y unas mordaces líneas a Consuelo Saleva, a quien acusa de robarle entre ocho y 10 mil dólares del Premio Nobel. De ahí en adelante, la llamó Saliva. “Las secretarias eran parte de su vida, pero muchas después la dejaban sola. De ahí los celos y enemistades, porque ella siempre fue muy posesiva”, cuenta Quezada.

Esos celos eran aún más fuertes con sus amores. Por algo, durante su estadía en Veracruz, ella misma explica su fracaso afectivo en forma muy dura: “Yo sé que toda mi vida sentimental naufragó porque yo no supe matar a mi matador; la desconfianza rasa, el pesimismo absoluto, mejor el derrotismo en lo sentimental. Y los celos absolutos”.

Una de las personas que más sufrió la posesividad de esta chilena de ojos pardos y cabellos grises fue su niño Yin Yin. “El siempre estaba al lado de ella, casi no salía solo”, dice Quezada. A los 17 años, Juan Miguel -su verdadero nombre- se suicida con una dosis de arsénico. Para ella, esto es un golpe impredecible: “En ningún detalle pude presentir eso. En ninguno. Y vivíamos más unidos que nunca en esta casona vacía”, escribe una Mistral para quien el niño perdido, de ahí en adelante, se transforma en una obsesión.

Pero, ¿quién fue el padre de Yin Yin? Al respecto se ha dicho de todo: que fue el mexicano José Vasconcelos, el español Juan Dörs, un italiano ligado al cine o que ella pasó una temporada en Marruecos y volvió con un niño en brazos. De este diario, si bien en forma bastante efímera, se desprende que Yin Yin era hijo de un hermano de ella que se lo entrega después que fallece la madre. La Mistral se hace cargo del pequeño y lo quiere más que a la poesía, pero en sus cuadernos hace pocas referencias a su crianza y desarrollo. Sólo escribe en forma constante una vez que el joven muere y ella recuerda con nostalgia infinita la mirada azul de Yin Yin.

De ahí en adelante, sus achaques se harían más frecuentes. Y la prosa del diario toma un cariz más claustrofóbico, como si su mundo se hubiese cerrado aún más. Desde Chile le envían currículos para ser su secretaria, pero ella pone demasiadas exigencias -Doris Dana, por ejemplo, era la discípula aventajada de Thomas Mann-, se acentúa su sensación de precariedad económica
-anota todo lo que gasta, no se compra ropa- y se va dando cuenta que la gloria, ésa con la que soñaba de joven en La Serena, de poco sirve cuando se llega al final del camino. Mucho mejor hubiera sido haber superado esa desconfianza que la acompañó siempre: “Mi mayor flaqueza de chilena y de mujer tal vez sea ésta: busco la familiaridad inmediata, quiero la buena fe; pido, como todos los errantes, la casa tibia en que entrar, pues llevo años de ruta helada y de viento y polvo en el rostro”.

mural gabriela mistral

Anexo
Extracto
Bendita mi lengua sea.
“De Chile, ni decir. Si hasta me han colgado ese tonto lesbianismo, y que me hiere de un cauterio que no sé decir. ¿Han visto tamaña falsedad?.

Sobre Manuel Magallanes Moure (En Cuaderno de Los Andes, 1914-1917): “Hoy viernes, por fin, recibo carta tan esperada. Ya pensaba malamente que M.M.M. no me escribiría más. Yo le escribía, a pesar de todo, no para torcer su voluntad (he estudiado su silencio mucho y no le he hallado razón), sino para pedirle que de algún modo me hiciera saber cómo sigue su salud. Que al menos no me negara eso. Nada más que dos líneas, hasta que estuviera ya bien. No era una estratagema mía para “atraparlo”, para procurar atraerlo, no. Lo aseguro con toda mi verdad. Aparte de esa Lucila que lo ha querido apasionadamente, hay otra Lucila que es capaz de interesarse por la vida de Manuel, por su vida, por su dicha. Así que me era absolutamente necesario saber si Manuel sana o empeora.

Al menos ahora, estaré menos intranquila y esta carta me trae un poco de dicha y de dulzura en el alma, y de esa fe que me pide el propio Manuel. Dos líneas, dos palabras. No exigía nada más”.

Gustos literarios (En Cuaderno de Los Andes, 1914-1917): “Imposible leer el Quijote, y en el año 1916, con el deleite con que lo lee gente “arcaica”, a la que, posiblemente, le hable de cosas que son todavía, su actualidad viva. Me guardo este pensar, bien guardado. Horrible sacrilegio tocar sin reverencia rayana en idiotez ciertos huesos más santos que los de los santos. Y si quien lo dice en público es una maestra, habría antecedentes para destituirla.

Cosa perfectamente distinta me pasa con Shakespeare. Este es hombre para todos los siglos. Este es el artista universal y de todos los tiempos. Otelo anda por ahí; yo lo conozco. Y Hamlet, quién no lo ha visto en ciertas noches, en ciertas zonas del alma. Me parece inicua la pereza y el desdén con que se ha mirado su centenario en América”.

Sobre Carlos Ibáñez del Campo (En Cuaderno de la Errancia, 1925-1935): “Chile sigue igual y lleva camino de hacerse peor con su milico de botas altas que no quiere dejar de ser Presidente”.

El rumor del lesbianismo (En Cuaderno de California, 1946-1947): “Qué bien me hizo mi noche de anoche en casa de Juan y Raquel: vacié toda mi alma en una conversaduría que nos llevó horas. Sólo ellos, lindos amigos que admiro tanto, tienen ese don de escucha y ese don de paciencia que humaniza al prójimo. Les dije mis razones, muchas, de mi lejanía de Chile. Y, con el corazón oprimido, agregué aquellas otras cosas agrias no dichas a nadie nunca. Pues sólo ellos me quieren. De Chile, ni decir. Si hasta me han colgado ese tonto lesbianismo, y que me hiere de un cauterio que no sé decir. ¿Han visto tamaña falsedad?, les dije. Lo único que faltaba que dijeran esas barbaridades de esta pobre mujer. ¡Chismes! Todo eso es tan amargo, pero además ponzoñoso.

Soy tan sola, Juan, Raquel, les dije. Ellos saben. Mi vida va de la escritura a la lectura y necesito siempre a alguien cerca de mí. Por eso yo le agradezco tanto a Palmita su inmenso aporte para mi vida, su colaboración, su ayuda enorme de compañía. Su linda amistad, de ella y de su marido español, han hecho mi tranquilidad cotidiana. Pero nunca terminarán de mancharme, y de habladurías que manchan más todavía, y que llevo como una carga. ¡Qué poco me conocen! ¿Y por qué habrían de conocerme? Ustedes, en cambio, les dije, son mi paño de llorar, llorando verdades, que después de todo no valen sino para sosiego de mi atormentado corazón”.

Nunca regresa (En Cuaderno de Veracruz, 1948-1950): “No se desea volver a lugares del mundo donde se hace con los propios asuntos de novela policial. Yo no soy ningún dechado; tampoco una cosa extraordinaria. Yo soy una mujer como cualquier otra chilena.” Presintiendo el fin (En Cuaderno de los adioses, 1956): “Es algo muy melancólico esta situación de mujer extranjera y sola. Y más que eso, muy triste, envejecer en tierras extrañas, leer noticias extrañas, aprender cosas que a uno ya no le valen para vivir…

Ese vivir que para mí ha sido leer y escribir…¡Buenas noches me dé el Señor hoy y siempre!”.

Bendita mi lengua sea, Diario íntimo de gabriela Mistral. De Jaime Quezada. Planeta. 2002.

Alvaro Matus

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